El pasado que no existe (pero que gobierna todo lo que hacemos)

Artículo sobre trauma, apego y memoria en psicoterapia: el papel del pasado en el malestar psicológico presente

Hace unos días, El País publicó un artículo titulado “Trauma y apego: la vuelta del psicoanálisis”. Es un texto bien escrito, con voces diversas, que toca un debate real dentro de la psicología. Pero en su arquitectura, se distribuye la autoridad de una forma ligeramente desequilibrada. Las voces críticas hablan de “ciencia” y “evidencia”. Las voces que trabajan con trauma y apego hablan de “la gente” y de “integración”. Como si el rigor estuviera en un solo lado del debate.

Procede, como mínimo, darle una vuelta a lo publicado.

La paradoja conductista

La afirmación más llamativa del artículo se realiza, como no es sorpresa para los que conocemos este mundo, desde voces conductistas radicales: “en psicología, el pasado no existe”. Una llamativa frase que encierra una paradoja interesante.

Y es que toda la teoría del aprendizaje —el núcleo duro del conductismo— descansa sobre la idea de que el organismo aprende de la experiencia pasada y ese aprendizaje modifica su conducta futura. Sin memoria del pasado, no hay condicionamiento clásico, ni extinción, ni modificación de conducta posible. Pavlov, Watson, Skinner: todos operaban desde la premisa de que lo que ocurrió antes configura lo que ocurre ahora. La historia de aprendizaje de un organismo es, literalmente, el objeto de estudio del conductismo.

Probablemente esta frase pretendía lanzar un mensaje algo más matizado: que el foco terapéutico debería estar en las variables que mantienen el problema en el presente, no en la búsqueda arqueológica de su origen. Esa posición tiene parte de razón. Pero incluso así, lo que describe es que el pasado opera a través del presente —que es exactamente lo que sostienen quienes trabajan con trauma y apego. La dicotomía temporal con la que se plantea el debate encubre lo que en realidad es una discusión sobre mecanismos, y mientras sigamos hablando en términos de “pasado vs. presente”, el debate no avanzará.

El cerebro no vive en el presente

No hay más que ojear más allá de los libros de la asignatura de aprendizaje para descubrir tres o cuatro evidencias claras. Y leyendo cualquier texto de neurociencia, podemos advertir que la realidad es más compleja de lo que le gustaría a unos pocos. La neurociencia cognitiva lleva décadas consolidando un modelo del cerebro que resulta especialmente incómodo para esta dicotomía: el cerebro no procesa el presente tal como ocurre. Predice el presente a partir del pasado almacenado. Lo que percibimos, sentimos y hacemos en cada momento es en gran medida el resultado de predicciones generadas desde la memoria, desde el aprendizaje acumulado a lo largo de toda una historia de experiencias.

Karl Friston, uno de los neurocientíficos más citados de las últimas dos décadas, ha formalizado esto en la teoría del cerebro predictivo: el sistema nervioso construye modelos del mundo a partir de la experiencia pasada y los usa para anticipar lo que va a ocurrir. En personas con historia de trauma, muchos de esos modelos se generaron en condiciones extremas y son extraordinariamente resistentes a la actualización —no porque la persona no quiera cambiar, sino porque el sistema nervioso otorga más peso a la predicción aprendida que a la evidencia nueva que la contradice. Decir que “el pasado no existe” en este marco es ignorar cómo opera la memoria en la conducta, algo que la neurociencia viene documentando con precisión creciente.

Trauma y apego no son una forma de terapia: son una forma de explicar

Aquí está el malentendido de fondo, y es el que hace que este debate lleve tanto tiempo girando sobre sí mismo. Quienes critican el “auge del trauma y el apego” los tratan como si fueran una escuela terapéutica, el adversario ideológico de la terapia de conducta. Pero estos constructos no pertenecen al mismo orden lógico que una técnica de intervención.

Hablar de trauma y apego es hablar de variables explicativas del sufrimiento: marcos que ayudan a comprender por qué una persona sufre, cómo se sostuvo ese sufrimiento y desde dónde operará cualquier intervención que se proponga. Cuando un clínico trabaja con el concepto de apego, está usando un marco explicativo para entender la conducta de esa persona a la luz de su historia, no aplicando una técnica determinada.

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Venimos de un plan de estudios en el que la psicopatología se enseña fundamentalmente como un catálogo de criterios diagnósticos del DSM: tantos síntomas durante tantas semanas, tales patrones de conducta. Lo que ese manual no explica, porque no es su función, es por qué esos síntomas aparecen, ni cómo se sostienen, ni qué los origina. Enfatizar el trauma o el apego en la comprensión clínica es añadir esa capa explicativa que el diagnóstico categórico por sí solo no ofrece.

De ahí no deriva ninguna forma específica de intervención. Un terapeuta puede entender que el origen del malestar de un paciente está relacionado con su historia de apego y elegir intervenir con terapia de conducta, con EMDR, con trabajo somático o con psicoterapia integradora. Explicar y tratar son dos pasos distintos, y confundirlos equivale a confundir la etiología con el tratamiento, algo que en medicina nadie consideraría aceptable. Cuando los conductistas oponen “trauma y apego” a “terapia de conducta” están comparando una cámara con una receta de cocina: instrumentos que no compiten porque operan en planos diferentes.

 

Uno de los argumentos recurrentes contra el enfoque del trauma es que sus constructos son especulativos, que confunden correlación con causalidad, que carecen de sustento empírico. La investigación disponible cuenta otra historia.

El campo de las experiencias adversas en la infancia (ACEs) es uno de los más robustos de la psicología clínica contemporánea. Una revisión sistemática y meta-análisis publicada en 2025 en Acta Psychiatrica Scandinavica (Watson et al.) encontró que haber sufrido maltrato en la infancia multiplica por 2,5 el riesgo de desarrollar depresión en la vida adulta. Otro meta-análisis reciente documenta una relación dosis-respuesta entre la acumulación de adversidades tempranas y el riesgo de psicosis: con cinco o más exposiciones, ese riesgo se multiplica por seis comparado con quienes no tuvieron ninguna. Los estudios sobre ACEs y salud mental en adultos acumulan decenas de miles de participantes en diseños longitudinales. No son perogrulladas, son datos sólidos con diseños que permiten ir más allá de la correlación.

Lo que esos datos señalan es que lo que le ocurre a una persona en los primeros años de su vida deja una marca medible en su salud mental adulta. Eso es epidemiología, con todo el rigor que implica. Y si la vulnerabilidad a los llamados “trastornos” está significativamente mediada por la historia de experiencias, entonces hablar de trauma y apego en clínica no requiere tanta explicación. Los supuestos trastornos que tratamos en consulta son, en muchos casos, respuestas comprensibles a experiencias que no deberían haber ocurrido. Nombrar eso no es patologizar la vida —es precisamente lo contrario: es devolver contexto a lo que el diagnóstico categórico tiende a descontextualizar. Podría ser interesante devolver la pregunta; no sería tanto ¿por qué hablar del pasado? Si no.. ¿Por qué no hacerlo?

El apego como sistema vivo

Otro malentendido recurrente en este debate es tratar el apego como si fuera una reliquia de la infancia, algo que ocurrió hace años y quedó archivado. El apego es un sistema motivacional activo que regula la búsqueda de proximidad, la respuesta al estrés y la gestión de la amenaza a lo largo de toda la vida. Está funcionando ahora mismo: en cómo alguien responde cuando siente que una relación importante está en riesgo, en cómo su sistema nervioso se activa ante la posibilidad de abandono, en cómo regula la distancia emocional con los demás. Opera en el presente, en tiempo real, en cualquier consulta.

El campo de investigación sobre apego es uno de los más prolijos de toda la psicología, con miles de estudios publicados, instrumentos de medida validados transculturalmente y una base neurobiológica sólida y creciente. Que Bowlby fuera psicoanalista de formación —y que lo expulsaran de la IPA precisamente por su interés en la observación empírica— dice algo sobre la historia de las ideas, pero nada sobre la validez del constructo que desarrollaron él y quienes vinieron después. Llamar “psicoanalista” a todo lo que no encaja en el paradigma conductual es lo que los filósofos de la ciencia denominan falacia genética: invalidar una idea en función de su origen, sin examinar si resiste el escrutinio empírico.

El “argumento” antropológico que aparece en el artículo ilustra bien hasta dónde llega esta confusión. Se pregunta si niños criados de formas culturalmente distintas a las que “recomendaba Bowlby” deberían estar hechos pedazos. La pregunta asume que la teoría del apego prescribe una forma concreta de crianza, algo que nunca ha hecho. Lo que la teoría propone es que existe un sistema motivacional de base biológica cuya función es promover la proximidad con una figura capaz de ofrecer protección ante la amenaza. Ese sistema no define qué conductas deben adoptarse. Lo que estudia es cómo el niño aprende a organizar su búsqueda de seguridad en función de la oferta relacional disponible, sea cual sea esa oferta. La investigación sobre apego analiza la díada, el ajuste entre las estrategias del niño y las respuestas específicas de su cuidador, no si ese cuidador sigue o no determinadas prácticas de crianza.

Hay corrientes dentro de la propia teoría que cuestionan incluso la universalidad del apego seguro como categoría privilegiada, argumentando que todos los estilos son adaptativos en su contexto. De hecho, la evidencia actual pasa por considerar las tendencias en el apego como soluciones, no como patologías. El sistema de apego promueve la adaptación a la oferta relacional disponible, no la adhesión a un ideal normativo de crianza. El argumento antropológico estaría bien dirigido contra el movimiento de “crianza con apego” —un movimiento parenting con agenda propia que tomó prestado el nombre de la teoría—, pero eso y la teoría del apego son cosas distintas. Y aquí, ¿No estaremos confundiendo lo uno con lo otro?

La pregunta que queda hacerse

Si hablamos de trauma y apego, ¿por qué no preguntamos por algo fundamental que une ambos constructos?: la neurociencia de la memoria. Pareciera que ese marco teórico es estructuralmente incompatible con la posición de quienes sostienen que el pasado no existe, y su ausencia en el debate lo empobrece de forma significativa. Tenemos mucha información disponible para incorporar al relato: Por ejemplo, que la memoria no es un sistema unitario ni un archivo pasivo. Operan en paralelo sistemas con lógicas distintas: la memoria episódica, consciente y reconstructiva, convive con la memoria implícita, que almacena aprendizajes emocionales y procedimentales sin acceso voluntario y sin marca temporal. Esta última no distingue el pasado del presente: una respuesta aprendida en condiciones de amenaza se activa ante estímulos que el sistema nervioso interpreta como similares, independientemente de que el contexto haya cambiado. La reconsolidación de la memoria —mecanismo documentado desde los años noventa y con un cuerpo de investigación creciente— añade otro matiz relevante: cada vez que una memoria se reactiva, vuelve a ser temporalmente inestable y susceptible de modificación antes de reconsolidarse. Eso tiene implicaciones clínicas directas, porque significa que la memoria no es inmutable y que intervenir sobre ella no es una metáfora terapéutica sino un proceso con sustrato neurobiológico identificable. Ignorar todo esto al hablar de si tiene sentido «mirar al pasado» en psicoterapia no es rigor. Es un debate mal informado.

Pero es que, si el cerebro construye el presente desde la memoria, si los aprendizajes emocionales tempranos configuran la respuesta automática ante el mundo, si la memoria implícita opera por debajo del razonamiento consciente y sin que la persona pueda modificarla voluntariamente, entonces intervenir sobre esa memoria no es mirar hacia atrás por nostalgia teórica. Es trabajar sobre el mecanismo que sostiene el problema en el presente.

La pregunta relevante no es «pasado o presente». Es en qué mecanismos está sostenido el sufrimiento y cómo intervenir sobre ellos de forma rigurosa, verificable y ética.

Vale la pena recordar, en ese sentido, en qué momento histórico surgieron las ideas que se critican. Bowlby desarrolló su teoría en una época en la que aún había que demostrar que la muerte de un progenitor afectaba emocionalmente al niño. Freud elaboró las suyas cuando el sufrimiento psicológico de las mujeres se explicaba por la posición anatómica del útero. Ambos tenían mucho que aportar, y sus limitaciones solo tienen sentido leídas en ese contexto.

Criticar hoy el psicoanálisis de Freud o la teoría del apego de Bowlby en sus formulaciones originales es, curiosamente, hacer exactamente lo que sus críticos dicen que no hay que hacer: tirar del pasado para hablar del presente. La ciencia no se congela en sus fundadores. El campo del apego lleva décadas produciendo investigación que va mucho más allá de Bowlby y la psicoterapia, de Freud. Si hay argumentos que rebatir, están en esa literatura creciente, en esa evidencia empírica, que es extensa, rigurosa y, al parecer, poco frecuentada por quienes más energía dedican a la crítica.

Nerea Bárez

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